lunes, 1 de agosto de 2011

La esperanza de los desesperanzados

Hola amigos!
Bueno, ayer no pude cumplir y no llegue a subir nada, pero bueno, lo subo hoy que para el caso es lo mismo.
Para aquellos que no saben, estuve una semana en Sgo del Estero, trabajando en prevención sanitaria. En esos días comence a escribir ciertas reflexiones que nunca pude terminar de dar forma, y es por eso que hoy se los muestro a ustedes en forma de boceto o esbozo. Me pareció interesante presentarlo asi, bastante en crudo, porque son cosas que mas que escribirlas, las fui regurgitando.
A ver que les parece.


Abandonados en una suerte de inmediatez terrenal, donde el futuro sinuoso amenaza con escabullirse en cada instante, preguntándose si es esa presencia tan ausente lo que se necesita. Una conmovedora e irreprochable creencia, algo de lo que aferrarse, algo que lo explique todo y que le deje abierta la puerta a la esperanza. En definitiva es ese “todo” que logra abarcar multitudes y dejarles nada a cambio.

¿Siempre ha sido la fe una excusa? Hoy pareciera que alcanza con dejar las cosas libradas a un ente tan omnipotente como incomprobable, y en el medio quedan las historias, quedan las realidades y esas cosas que se van enterrando y se ocultan para todos aquellos que siempre han preferido no ver. Pero el que mira lo ve, lo piensa y lo entiende. Detrás de esa fachada que impone la miseria hay vida, hay nombres, secretos, virtudes y defectos. Y siempre quedarán preguntas que cuelgan de la incertidumbre y son apaciguadas por la indiferencia. ¿Cómo comprender que esto pueda pasar desapercibido? ¿Cómo una presencia que se jacta de semejante entidad puede hacer la vista gorda? ¿Por qué aquellas presencias que si se palpan, que se ven, que se saben deberían estar, desaparecen en el acto de ausencia mas cobarde que se ha visto?

Se siembra la ignorancia para cosechar poder, y mientras la avaricia y la codicia seducen a algunos, muchos son los ojos que miran confundidos, que lloran lágrimas de tierra y que terminan por resignarse con lo que les “tocó”. Lo único que espera es la esperanza de los desesperanzados, que se va reduciendo a cenizas, y hasta la angustia se va desvaneciendo y se deja llevar por esa brisa que por lo pronto parece pasar sólo por allí, llevándose hasta la ultima gota de ilusión

Y entonces, ¿Qué pasa cuando perdemos la capacidad de angustiarnos? ¿Cómo imaginar que en nuestra vida no pudiésemos reconocer nuestras desgracias y sufrimientos? Hay que sentir el abandono para saberse abandonado, pues es el reconocimiento lo que nos da el entendimiento, y este último el que nos permite actuar. Entonces, la perdida de ese reconocimiento nos dejaría inmóviles y faltos de reacción, y es ahí cuando la vida nos expone y nos empieza a tumbar, es realmente ahí cuando “la vida te caga”. Ver a alguien que no se angustia es verlo vencido. Por supuesto que hay tristeza, pero a mi entender la tristeza es un sentimiento mucho más inactivo que la angustia, no genera tensiones, sino que relaja y debilita. Es por esto que es diferente angustiarse que entristecer.

2 comentarios:

cenemar dijo...

Mientras leía tus lineas, me acordé de un episodio que me tocó vivir en ocasión de estar de guardia en el Hospital Lagomarcino de Merlo. Esa tarde de un día jueves, entró por guardia ya fallecido un joven de unos 15 o 16 años traído en brazos por su padre. Sus ropas eran pobres, y estaban endurecidas por efecto de la macabra combinación de sangre seca mezclada con tierra. Su rostro era apenas discernible, y su cabellera, separada en mechones duros color borgoña por igual efecto del pelo negro mezclado con sangre coagulada sugería claramente que su cabeza había recibido el peor impacto.
Cirujeaba con su padre (versión antigua de nuestros cartoneros) cuando un vehículo a gran velocidad lo embistió para luego abandonarlo tirado en la acera y escaparse. El papá lo trajo en su carrito de tracción a sangre, sin escolta policial ni sirenas estruendosas.
Al verlo, todos de inmediato entendimos que no habría intento válido para salvarlo, pero tan solo por consuelo a ese padre, rapidamente lo subimos a la camilla y lo llevamos a uno de los boxes de la guardia. Ya habría tiempo para informarle a ese padre que los esfuerzos habían sido inútiles.
No fue, sin embargo, eso lo que mas me impresionó, ya que por desgracia, ello era casi un hecho de rutina en esa zona del Gran Buenos Aires. Lo que mas me golpeó y paralizó fue el acto en el que ese padre destrozado, sin sollozos estridentes ni gritos solicitando justicia, solo en su dolor, metió su mano que encerraba algo en el bolsillo derecho de mi ambo y soltó su contenido dentro de él. Se trataba de un billete de pequeña denominación, que a valores de hoy serían 50 pesos. Hubo un silencio, cruzamos miradas, la suya me suplicaba que aunque no pudiera pagarme mas, yo hiciera todo lo que estubiera a mi alcance para salvar a su hijo. Era como decirme, docil, entragado, que esa era la suerte que le tocaba por ser pobre y que a ella se resignaba, pero que por su hijo hiciera algo, un poco mas. Sentí primero bronca, pero luego dió paso a un dolor excruciante. Yo sabía que el muchacho había muerto, él no. Yo sabía que ningun dinero del mundo le devolvería la vida, él no. Yo también sabía que hubiera hecho todo y mucho mas por su hijo sin necesidad de recompensas, pero él, acostumbrado a tener nada y merecer nada, se despojaba de lo poco que tenía para conseguir la gracia del poderoso, en este caso yo, un pobre practicante de guardia ni siquiera recibido. Introduje mi mano en el bolsillo de mi ambo y saqué el billete, tomé su mano derecha entre mis dos manos apretándosela, le devolví el dinero, y me fuí para adentro dejándolo solo en la vereda.

Davor dijo...

Mierda... solo... mierda...