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viernes, 11 de septiembre de 2009

Una sonrisa exactamente así

De Eduardo Sacheri

La primera fue la más fácil. Las difíciles fueron desde la segunda en adelante. Tu primera sonrisa fue automática, impersonal. Fue un reflejo de la mía. Casi un acto de imitación involuntaria. Un tipo joven se acerca a tu mesa, se te planta adelante y te dice “hola” mientras sonríe y vos, que estabas absorta mirando hacia fuera, hacia la calle, volvés de tu limbo y contestás aquella sonrisa con una igual, o parecida.

A partir de entonces las cosas se complicaron. Fue mucho más difícil conseguir que soltaras la segunda. Porque este desconocido que era –que sigo siendo- yo, sin dejar de sonreír, te pidió permiso para ocupar la silla vacía de tu mesa. Unos minutos –prometí-, no demasiados. Un rato, porque tenía que decirte algo. Entonces de tu rostro se fue aquella sonrisa, la primera, la del reflejo o el saludo, la que era nada más que un eco de la mía. Y en su lugar quedaron la extrañeza, la incertidumbre, las cejas un poco fruncidas, un ápice de temor. ¿Qué quería este desconocido? ¿De dónde lo habían sacado?

Como te sostuve esa mirada, como aguanté a pie firme este bochorno precisamente por causa y por culpa de esa mirada tuya, no de esa pero sí de otra nacida de los mismos ojos –la que tenías mientras mirabas hacia fuera del café sin ver a nadie, ni a mí ni a los otros, justo cuando yo pasaba corriendo por Suipacha-, como te la sostuve, digo, vi que estabas a punto de decirme que no, que no podía sentarme a tu mesa. ¿Dónde se ha visto que una chica acepte sin más ni más a un desconocido en su mesa, sobre todo si el desconocido tiene el traje desaliñado, la corbata floja y la cara empapada de sudor, como si llevara unas cuantas cuadras lanzado a la carrera?

Ibas a decirme que no, y si no lo habías hecho aún era porque en el fondo te daba algo de pena. Fue por eso, porque se notaba en tu rostro que ibas a decirme que no, aunque te diera pena, que alcé un poco las manos como deteniéndote, y te rogué que me dejaras hablarte de los uruguayos del Maracaná.

Para eso sí que no estabas lista. No había modo de que lo estuvieras. ¿Quién hubiese podido estarlo? Te habrá sonado igual de loco que si te hubiera dicho que quería contarte sobre la elaboración de aserrín a base de manteca o sobre la inminente invasión de los marcianos. Pero la sorpresa tuvo, me parece, la virtud de desactivarte por un instante la decisión de echarme.

Y en ese instante, como en el resto de esta media hora de locos, no me quedó otra alternativa que seguir adelante. ¿Te fijaste cómo hacen los chicos chiquitos, cuando se pegan sigilosos a las piernas de sus madres mientras ellas están atareadas en otra cosa, para que los alcen a upa aunque sea por reflejo y sin distraerse de lo que están haciendo? Más o menos así me dejé caer en la silla frente a vos. Sin dejar de hablar ni de mirarte, y sin atreverme a apoyar los codos sobre la madera, como para que mi aterrizaje no fuese tan rotundo.

Para disimular no tuve más opción que lanzarme a hablar, aunque no supiese bien por dónde empezar y por dónde seguir. Arranqué por la imagen que a mí mismo me cautivó la primera vez que alguien me puso al tanto de esa historia: once jugadores vestidos de celeste en un campo de juego, rodeados por doscientos mil brasileños que los aplastan con su griterío furioso, a punto de empezar a jugar un partido que no pueden ganar nunca.

Te dije eso y tuve que hacer una pausa, porque si seguía amontonando palabras esa imagen iba a perder su fuerza. Y noté que querías seguir escuchando, y no por el arte que tengo para contar, sino porque ese es un principio tan bello y tan prometedor para una historia que a cualquiera que la escuche sólo le cabe seguir atento para enterarse de lo que pasa con esos once muchachos.

Me pareció entonces que era el momento de agregarte algunos datos que te ubicasen mejor en esa trama. Año 1950, te dije, Campeonato Mundial de Fútbol, partido final Brasil-Uruguay, Río de Janeiro, 16 de julio, tres y media de la tarde, te dije.

Esa fue la segunda vez que sonreíste. Una sonrisa extrañada, a lo mejor desconcertada, a lo peor compasiva, pero sonrisa al fin. Ya no tenías temor de que este tipo locuaz de traje gris fuese un asesino serial o un esquizofrénico. Podía ser un idiota, pero en una de esas, no. Y la historia estaba buena. Por eso te seguí pintando el panorama, y te conté que los brasileños llegaban a ese partido final después de meterle siete goles a Suecia y seis a España. Y que Uruguay le había ganado por un gol a los suecos y había empatado con los españoles. Y que con el empate le alcazaba a Brasil para ser campeón del mundo por primera vez.

Ahí yo hice otra pausa, porque me pareció que tenías datos suficientes como para que la historia fuera creciendo en tu cabeza. “¿Sabés qué les dijo un dirigente uruguayo a sus jugadores, antes de salir a jugar la final?”, te pregunté. Vos no sabías, cómo ibas a saber. “-Traten de perder por poco. Intenten no comerse más de cuatro-. Eso les dijo. Les pidió que evitaran el papelón de comerse seis o siete. ¿Te imaginás?”, te pregunté. Y vos moviste la cabeza diciendo que sí, y yo me quise morir viéndote así, porque estabas imaginando lo que yo te estaba contando, y era una estupidez, pero fue entonces, hace veinte minutos, que tuve la intuición fugaz de que era el primer diálogo que teníamos en toda la vida. Vos estabas ahí, o mejor dicho vos estabas ahí dejándome a mí también estar ahí porque te estaba contando de los uruguayos. Era esa historia la que me tenía todavía vivo en el incendio de tus ojos, y por eso te seguí contando.

Esos once muchachos vestidos de celeste entraron a cumplir con un trámite, te dije. El de perder y volverse a casa. Para eso el Maracaná recién estrenado, las portadas de los diarios impresas desde la mañana, el discurso del presidente de la FIFA felicitando a los campeones en portugués, la mayor multitud reunida jamás en una cancha, los petardos haciendo temblar el suelo.

“Con decirte –proseguí- que la banda de música que tenía que tocar el himno nacional del ganador no tenía la partitura del himno uruguayo”, y abriste mucho los ojos, y yo te pedí que no abrieras los ojos así porque podías tumbarme al suelo con la onda expansiva, y esa fue tu tercera sonrisa, con las mejillas un poco rojas asimilando el piropo cursi y suburbano. Supongo que yo –definitivamente enamorado- también me puse colorado, y salí del paso contándote el partido, o lo que se sabe del partido, o lo que no se sabe y todo el mundo ha inventado del partido. Un Brasil lanzado a lo de siempre: a triturar a sus rivales, a engullir seleccionados, a llenarle el arco de goles a todo el mundo, a sepultar rápido los noventa minutos que los separaban de la gloria. Un Uruguay chiquito, un Uruguay estorbo, un Uruguay que molesta y pospone el paraíso. Un Uruguay ordenado y prolijo que le cierra todos los agujeros y los caminos, y un primer tiempo que termina cero a cero pero es casi lo mismo porque el empate le sirve a Brasil.

“Y empieza el segundo tiempo y a los dos minutos –continué- Friaca marca un gol para Brasil”. Entonces fruncí los labios y moví las manos en ese gesto que quiere decir “listo, ya está, asunto terminado”, y que vos interpretaste a la perfección, porque te pusiste un poco triste.

“Imaginate lo que era el Maracaná después del 1 a 0”, agregué. Los uruguayos ya tenían que meter dos goles, y en realidad lo más probable era que Brasil les metiera otros cuatro antes de que esos pobres muchachos consiguieran llegar a la otra área.

Creo que ese fue el momento más difícil. No digo de esa final del Mundo. Me refiero a nuestra charla, o más bien a mi monólogo. Tal vez te suene ridículo –en realidad lo lógico es que todo esto te suene absolutamente ridículo-, pero evocar ese instante del gol de Friaca, con todo el mundo enloquecido y feliz alrededor de esos once uruguayos náufragos me hizo sentir a mí también el frío mortal de la derrota. Y estuve a punto de rendirme, de ponerme de pie, de ofrecerte la mano y despedirme con una disculpa por el tiempo que te había hecho perder. No sé si te ha ocurrido, eso de entusiasmarte hasta el paroxismo con alguna idea que apenas la echás a rodar se vuelve harina y es nada más que pegote entre los dedos. Así quedé yo en ese momento.

Pero entonces me salvó tu cuarta sonrisa. Al principio no la vi, porque me había quedado mirando tu pocillo vacío y el vaso de agua por la mitad. Por eso me preguntaste “¿Y?”, como diciendo qué pasó después, y entonces no tuve más remedio que alzar la vista y mirarte. Tenías la cabeza apoyada en la mano, y el codo en la mesa y los ojos en mí. Y tus labios todavía no habían desdibujado esa sonrisa de curiosidad, de alguien que quiere que le sigan contando el cuento.

No me quedó más remedio –o lo elegí yo, es verdad, pero a veces es más fácil elegir cuando uno piensa que no tiene más remedio- que caminar hasta el fondo del arco y buscar la pelota para volver a sacar del mediocampo. Recién, hace quince minutos, lo hice yo; en el ’50, en Río, lo hizo Obdulio Varela. El cinco. El capitán de los celestes. Te dije que según la leyenda se pasó cinco minutos discutiendo con el árbitro para enfriar el clima del estadio. Pero son tantas las leyendas de esa tarde que si te las contaba todas no iba a terminar nunca. Esos uruguayos, pobres, habrán gastado mucha más saliva, a lo largo de sus vidas, desmintiendo las fábulas de lo que no fue que relatando lo que sí pasó.

Se reanudó el partido. Y yo, contándotelo, hice más o menos lo mismo. A esa altura se supone que está todo dicho y todo hecho –te situé-: Uruguay pudo resistir el primer tiempo completo. Ahora que entró el primer gol tiene que entrar otro más, y otros dos, u otros cuatro. Ahora la historia va a enderezarse y caminar derecha hacia donde debe.

Pero el asunto se escribe de otro modo. Porque ese gol que Friaca acaba de meter no es solamente el primero de Brasil en esa tarde. También es el último. Nadie lo sabe, por supuesto. Ni los brasileños que juegan ni los brasileños que miran ni los brasileños que escuchan. Pero los once celestes sí parecen tenerlo claro.

Tan claro que siguen jugando como si nada. Como si más allá de las líneas de cal se hubiese acabado para siempre el mundo. Tal vez por eso, porque están decididos ni más ni menos que a jugar al fútbol, desborda la camiseta celeste de Ghiggia por derecha, envía el centro y Schiaffino la manda guardar en el arco de Barbosa, que no lo sabe pero acaba de empezar a morir; aunque todavía le falten cincuenta años hasta que de verdad se muera.

No sé si en otros deportes esas cosas son posibles. En el fútbol sí. Nada es para siempre, ni definitivo, ni imposible. ¿Será por eso que es tan lindo? Faltan diez, nueve minutos para que Brasil sea campeón con el empate. Pero Ghiggia se la toca a Pérez que se la devuelve profunda, como en el primer gol, por la derecha, hacia el área. El puntero celeste lo encara a Bigode y lo deja de seña, aunque se acerca peligrosamente al fondo y eso lo deja sin ángulo de disparo. Lo lógico es que Ghiggia tire el centro. Eso es lo que esperan sus compañeros, que le piden impacientes la pelota. Es lo que esperan los defensores brasileños, que tratan de marcarlos. Y es lo que espera el pobre Barbosa, que se mueve apenas hacia su derecha para anticipar el envío.

Ahí vino tu quinta sonrisa. Fue de nervios. Faltó que te pusieras de pie para ver mejor, como hacen los plateístas en la cancha en las jugadas de riesgo. Esa fue la menos mía de todas tus sonrisas. Pero no me molestó, casi al contrario. Esa sonrisa fue toda para Ghiggia, para alentarlo a lograr lo que en apariencia no podía salirle: sacar el balinazo al primer palo, meter el balón entre Barbosa y el poste. Prolongaste tu sonrisa para acompañarlo en su carrera con los brazos en alto, esa carrera a solas, a solas porque sus compañeros simplemente no pueden creer que la pelota haya entrado por donde no había sitio para que entrase.

A esa altura me faltaba contarte poco. El público enmudeció de pavor, y a los jugadores de Brasil el alma se les llenó de malezas heladas. Y ahí llegó tu sexta sonrisa. Esta fue confiada. Ya habías entendido cómo terminaba la historia. Lo único que querías era que te lo confirmase. Te agregué una última leyenda, porque aunque tal vez también esa sea mentira, de todos modos es hermosa. Con el tiempo cumplido, cayó un centro al área de Uruguay. El uruguayo Schubert Gambetta alzó los brazos y tomó la pelota con las manos. Sus compañeros se querían morir. ¿Cómo va a cometer ese penal infantil en una final del Mundo, con el tiempo cumplido? Lo increpan, lo insultan. Gambetta los mira sin entenderlos. Se defiende, tal vez a los gritos, tal vez lo hace llorando. Les dice que miren al árbitro. Les pregunta si no lo escucharon. Porque aunque parezca imposible, Gambetta es el único que ha escuchado el pitazo final. Es el único que ha sido capaz de discriminar de entre todos los ruidos –el de la pelota, el de las voces, el del pánico- el sonido del silbato. Los demás terminan por entender que es cierto: el partido ha terminado, Uruguay es campeón del mundo.

Y cuando hice un segundo de silencio después de la palabra “mundo”, tu séptima sonrisa se iluminó del todo, en el alborozo de saber que esos once muchachos de celeste habían sido capaces de saltar todas las trampas del destino para volverse a Montevideo con la Copa. La tortuga que derrota a la liebre, el mendigo hecho príncipe, David contra Goliat, pero con pelota.

Si hubiese ganado Brasil nadie se acordaría demasiado del 16 de julio de 1950. Lo normal no se recuerda casi nunca. Pero ganó Uruguay, un partido que si se hubiese jugado mil veces Uruguay debería haber perdido novecientas cincuenta y empatado cuarenta y nueve. Pero de las mil alternativas Dios quiso que cayera esta: Uruguay da el batacazo más resonante de la historia del fútbol, y más de medio siglo después yo me acerco a tu mesa y te lo cuento.

Hoy es 28 de julio. Pero si vos ahora me decís que me levante y me vaya, da lo mismo que sea 37 de noviembre. Lo del 37 de noviembre te lo dije recién, hace dos minutos, pero tu sonrisa no llegó a ser porque viste mi expresión seria y te contuviste. Porque ahora hablo más en serio que en todo el resto de esta media hora que llevo sentado enfrente tuyo. Y si vos ahora me decís que me vaya, yo me levanto, dejo tres pesos por el café, te saludo alzando una mano, me mando mudar y sigo por Suipacha para el lado de Lavalle. Y vos de nuevo te ponés a mirar por la vidriera.

Igual andá con cuidado, porque es muy probable que si reincidís en eso de mirar hacia afuera con esos ojos que tenés, otro tipo haga lo mismo que yo, se enamore y entre. Más difícil será que te cuente una historia como esta que acabo de contarte, pero algo se le ocurrirá, mientras intenta no perderte. Pero bueno, pongamos que eso no sucede, y el resto de los hombres te deja en paz, mirando hacia la calle. En ese caso, de aquí a unos minutos se te irán borrando de la memoria los tonos de mi voz y los detalles de mi cara.

Y ahora viene lo más difícil. El problema es que los uruguayos pueden acompañarme hasta aquí y nada más. De ahora en adelante es imposible. Y mirá que, para esos tipos, no parece haber muchas cosas imposibles. Pero lo que falta por hacer es asunto mío. O mío y tuyo, pero no de ellos.

Lo que me falta contarte es el final, o el principio, según se mire. Me falta hablarte de mí, hace media hora, corriendo como un loco por Suipacha hacia Corrientes. Tarde, tardísimo, porque hoy todo me salió al revés desde el momento mismo en que abrí los ojos, esta mañana. El despertador que no sonó, o que me olvidé de poner, el golpe que me di con el borde de la puerta en plena frente, los dos colectivos que pasaron llenos y me dejaron de seña en la parada, el subte que fui a tomar desesperado por no llegar tardísimo al trabajo y que hizo que fuera corriendo por Suipacha desde Rivadavia y no desde Paraguay, y el semáforo de Corrientes que pasa al verde diez segundos antes de que llegue a la esquina y los autos que arrancan y yo que me agacho con las manos sobre los muslos intentando recuperar un poco el aliento, mientras giro de espaldas a la calle y me topo con el bar y con tu codo en la mesa y tu cabeza en la mano y tu mirada en el vidrio pero viendo nada.

No importa lo primero que pensé al verte. O sí, pero no es el momento. Tal vez haya oportunidad, alguna vez, de decírtelo. Depende.

Lo que sí puedo contarte es que en ese momento, mientras me asaltaba el dilema de volverme hacia Corrientes y seguir corriendo hasta Lavalle o entrar a encararte es que vinieron los uruguayos. Llegaron en ese momento. Los once: Máspoli; González y Tejera; Gambetta, Varela y Rodríguez; Ghiggia, Pérez, Migue, Schiaffino y Morán.

Te parecerá tonto, pero esos uruguayos del Maracaná me sirven de talismán. No siempre. Sólo recurro a ellos en situaciones difíciles. A veces recito la formación, como rezando. O me los imagino en el momento de entrar a la cancha con cara de “griten todo lo que quieran, que nos importa un carajo”. O lo veo a Ghiggia en el momento de meter el balón por el ojo incrédulo de la aguja de Barbosa. Si Uruguay pudo en el ’50, me dije... en una de esas quién te dice.

Por eso me desentendí del semáforo y de la calle Corrientes y entré al bar y caminé hasta tu mesa y te sonreí y vos, por reflejo, me devolviste tu primera sonrisa. Pero como te dije hace un rato el problema no son tus primeras siete sonrisas. El asunto es la que viene.

Tengo novecientas noventa y nueve chances de que me digas que me vaya, y una sola de que me pidas que me quede.

Porque ponele que yo ahora termino y vos sonreís: alguien lo mira de afuera y puede decir “¿Y qué tiene que ver que sonría? Puede sonreír porque piensa que estás loco, o que sos un tarado”, y es cierto, puede ser por eso. Y en una de esas es verdad.

Pero también puede ser que no, que sonrías porque te gusté, o porque te gustó la historia que acabo de contarte. O las dos cosas: a lo mejor te gustamos mi historia y yo, y a lo mejor te estás diciendo que en una de esas para vos también este es un día especial. Un día distinto, ese día diferente a todos los otros días en que las cosas se salen de la lógica y la vida cambia para siempre, y a lo mejor pensás eso a medida que yo te lo digo y en tu cabeza se abre la pregunta de si no será una buena idea seguirme la corriente, por lo menos hasta dentro de medio minuto cuanto te invite al cine y a cenar, o hasta dentro de un mes o hasta dentro de un año o hasta dentro de cuarenta.

Y puede que ahora sonrías una sonrisa que me indique a mí, que llevo media hora intentando leer las señales de tu rostro, que hoy no sonó el despertador y me pegué con el filo de la puerta y perdí los colectivos y corrí hasta el subte y vine corriendo desde Rivadavia y me cortó el semáforo y giré y vos estabas sentada en el café nada más que para esto, para que yo me atreva a rozar tu mano con la mía y vos de un respingo y me mires a los ojos con tus ojos como lunas y yo te sonría y vos también me sonrías, pero no con una sonrisa cualquiera sino con esta que te digo y que vos estás empezando a poner, ¿ves? Así: una sonrisa exactamente así."

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jueves, 6 de agosto de 2009

Selene


Selene despertó con un molesto dolor de cabeza. La humedad y una espesa niebla, habían tapado casi por completo la isla donde se encontraba. Miró hacia el horizonte (trató de divisarlo) mientras secaba el rocío que la noche había depositado sobre su cuerpo desnudo. Una pequeña cicatriz recorría su vientre, y su piel morena resplandecía ante el brillo de la tenue luz solar. Su enmarañada y alborotada cabellera oscura se deslizaba por sus hombros mientras intentaba incorporarse. Ahuyentó con su mano derecha un molesto moscardón que se empecinaba en golpear su frente, y lanzó un pequeño grito de alegría cuando divisó en el mar la silueta borrosa de un barco que parecía estar dirigiéndose hacia la costa. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y sus pequeños dientes saludaron al sol. Se limpió la arena que tenía pegada a los muslos y los senos desnudos, y comenzó a recoger los pocos objetos que la acompañaban en aquella isla: un libro, una capa, una caja, unas botas. Y comenzó a pensar por qué El la había abandonado. Por qué la había dejado sola en un lugar así, deshabitado, hostil, sin cuerdas ni dagas, solo alimentos y bebidas, con el único destino posible de morir de la abstinencia autoconsumada. ¿Acaso no era ella quien había hecho de sí quien ahora era? ¿Acaso ella no lo había ayudado a encumbrarse en la esencia de su ser? “El egoísmo no tiene límites” se dijo a sí misma, y luego rió por lo trillado de aquella frase.

Ya mucho había llorado por el abandono.
Ya mucho había sufrido.
Ya mucho había pensado al respecto.
Y ya mucho se había mentido a sí misma.

Había que enfrentarlo. Había pensado en El como un Dios, cuando no era más que el paradigma de lo humano. Sagrado como un hombre y banal como un Dios. Basura. De la bella, pero basura al fin. Y ella lo había ayudado a engañarla.
Estos pensamientos se sucedían en su mente pero ella sabía que no era lo más triste. Lo peor era que estaba condenada a cometer el mismo error tantas veces como decidiera vivir, y tantas veces como decidiera abandonar la isla.
Mientras, del barco, un hombre bajaba en un bote y se acercaba a la playa. Selene suspiró y se dijo a sí misma que un poco más no habría de matarla, y que si la mataba, al fin y al cabo, le estaría haciendo un favor.
Y desnuda se lanzó al mar.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Everything is illuminated...




"El sueño de que nosotros somos nuestros padres

Soñé que me acercaba a la orilla del Brod sin ningún motivo y observaba mi reflejo en el agua. No podía dejar de contemplarlo. ¿Qué había en esa imagen que me atraía de tal modo? ¿Qué era lo que me atraía de ella? Y entonces lo reconocí. Era muy sencillo. En el agua vi el rostro de mi padre, y ese rostro vio el rostro de su padre, y así sucesivamente, retrocediendo hacia el amanecer de los tiempos, hasta llegar a la cara de Dios, a cuya imagen fuimos creados. Ardimos de amor por nosotros mismos, todos nosostros, prendiendo la mecha del fuego que nos consumuiría: nuestro amor era la aflicción que solo nuestro propio amor podía curar..."

-del Libro de los Sueños Recurrentes, en Todo Está Iluminado de Jon-Fen Safran Foer-



"Hace tres días le exhibí una revista verde para que apreciara muchas de las posiciones en que sostengo citas carnales. "Esto es un sesenta y nueve" le dije, depositando la revista ante sus ojos. "¿Por qué se llama sesenta y nueve?" , preguntó, ya que es una persona ardiente de curiosidad. "Se inventó en 1969. Mi amigo Gregory conoce a un amigo del sobrino del inventor." "¿Y qué hacía la gente antes de 1969?". "Se masturbaban y comían chicle, pero no a la vez"


-Alex-no-me-fastidies, en Todo Está Iluminado de Jon-Fen Safran Foer-



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martes, 7 de julio de 2009



En esa pequeña comarca, él era amo y señor. Se paseaba con el pecho inflado, con el ímpetu de una locomotora, dispuesto a aplastar a sus contrincantes con su arrolladora presencia.

Su personalidad impactaba, y lo llevaba a cometer las más inverosímiles e impresionantes tropelías y genialidades. Lo amaban y lo odiaban en igual medida. La mediocridad no tenía cabida ni en él, ni en el juicio a su persona. Era rey, líder, bandido, guerrero, poeta, filósofo, criminal y ante todo, artista.

El poder intentó asimilarlo y eliminarlo. El pueblo quizo hacerlo suyo. Él, parco, agradeció, pero no se debía a nadie, excepto a él mismo y su genio sin límites.

Siendo Dios y el Diablo en vida, decidió abandonar el reino que le habían querido imponer.

Él sabe cual es su lugar, o por lo menos, sabe como quiere buscarlo.


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jueves, 25 de junio de 2009



Venido desde su Liliput tropical, sabe que si las tiene las hace. Es el paradigma de lo que deberíamos. Es, más bien, el paradigma de lo que querríamos para nosotros. Trataron, tratan y tratarán de atarlo, pero él ya es libre de la esclavitud de la semana y es esclavo de la libertad de los findes. Sabe lo que hace y cuando hacerlo, precisamente, cuando es preciso. Solo lo detestan quienes tratan de amarrarlo a la vida gris. El va más allá y logra infiltrarse, escurrirse y penetrar entre las piernas. Atarlo es odiarle, y odiarle es pura insensibilidad. Se eleva sobre su grandeza, enano de penurias prematuras y alegrías precoces que arden en todo el cuerpo y te llevan a sacar a bailar a la vida. Si él es feliz, el mundo es feliz. Cuando danza en público, todos son felices. Si danza en privado, alguna va a ser feliz. Es un héroe, huérfano de solidaridad y ayuda, un salvador de la patria de los que gozamos con su amiga y con su amante, y solo esa es nuestra nacionalidad. El aprende de una y acaricia a la otra. Su amante nos muestra cosas y su amiga nos enseña.
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lunes, 15 de junio de 2009

Algo viejo


(...)

Lo que habita siempre atrás
Es el fuerte que rechaza
Lo que siente a todo el mundo
Es el fuerte que concibe
Lo que aguarda en la vanguardia
Es el fuerte que no piensa

Luz oscura y sinsabores
Ley potencia, mal de amores
Desolado en la riqueza,
Acechando corredores,
Que habituados al peligro
No temen a desdentados
No olfatean a mendigos
Ya no cruzan por los vados,
Y un silencio que no temen
Se devora lo que creen

Lo que siente va estampado
En el semen de un rebaño
Que aplastado entre corrales
Maltratados por sus actos
Avergüenzan este valle,
Lo construyen disecando,
Abaratan sensaciones,
Que comercian alienados,
Apartados de sus ojos,
Engañados por sus manos,
Aceleran sin reposo,
Ampulosos y ambiciosos,
Y una cosa entre personas,
Se sumerge en estos versos,
“No sacudas la melena
Sin dejar crecer los pelos”
Es sin duda un mal permeable
El que nos trasnocha a todos
El que ataja nuestros sueños
El que piensa sin pensarlos
No lo olvides, no lo escupas,
No lo sientas, no lo pienses,
Incrustado en este valle,
Va un silencio endemoniado
Unos callan con respeto,
Otros gritan desolados,
Traduciendo canalladas,
Ejerciendo sin resabios
Las reliquias, los puñales
Que a todos nos han legado
Abrazando este mal sueño,
Bebiendo de realidades,
Vomitando picaflores
Añorando malformados,
En la puerta está el latido
En la corrida hay horrores,
Que se sienten sin pensarnos,
Que se piensan y no sienten,
Que resisten su existencia,
De mentiras indulgentes,
Y esta forma nos encierra
Nos abraza su cimiente,
Nos acribillan sus dientes,
Que vos mismo has creado.

(...)

Llega a puerto un corcel
Y la duda lo interpela
Ella gruñe, danza esclava,
Y el callado, se deja.
El caballo en su descanso,
Guarda rencores sin metas,
La mujer que grita y llora,
El silencio acude, solo,
Y solo impone sus penas.

Mil ochocientas páginas legó en su diario una doncella que una vez circundó estos lares. Mil ochocientas páginas restó del cuaderno aquel villano, que desolado, trampa etérea, aplasta montes, revienta mares.
Solo el tiempo solo es tiempo.
Mil ochocientas páginas devoró furioso el tiempo. Mil ochocientas páginas escritas por la doncella. Mil ochocientas y una, había, y una sola es la que vale.

Descansando entre sus mantas
Un caballo va postrado
No hace ruido, ya no llora,
Ya su amo le ha quitado
Sus cargas, obligaciones,
Y su vida de un sablazo.

Un muchacho que danzaba,
Sin creer en esos lances,
Descubrió luego de años
Descubrió que si valían,
Mentes claras y difusas,
Entre montes y caminos,
Entre bardos, desatinos,
Olvidó qué era el destino,
Descubrió debilidades,
Descubrió miedos, edades,
Descubrió falsas verdades,
Sobre piernas que caminan
Entre valles y amistades,
Esta farsa colectiva

Tres jinetes que no faltan,
Uno odia resentido,
Otro crea en su potencia,
Otro llora malparido.

Tres jinetes van marchando
Tres jinetes han partido
Tres jinetes que te faltan
Tres jinetes, sin latidos

Tres jinetes que no suenan
Uno solo es elegido,
Uno nace, otro muere,
Y otro mata sin sentido.

Tres cinturas, tres abrazos,
Tres puñales, tres retazos,
Tres enfermos, eso es vida,
Tres silencios, uno es falso.

Tres jinetes, solo tres
Que en el fondo no han partido,
Tres reliquias, tres futuros
Que conciben en tu entierro.

Uno baila, coje y sueña,
Uno clava y te desgarra,
Otro llora y se relame,
Apuñalan por la espalda

Ablandado entre codazos,
Silenciado entre algodones,
Refugiado en solitario,
Exiliado de otros soles

Con cuidado eligirás
Con cuidado y sin pensarlo
Nada es cierto en este juego
Mentirás ya sin notarlo.

Te secás inexplorado,
Te pudrís inexplicable,
Te encontrás inacabado,
Te hallarán insoportable.

Vomitando solo bilis
Ensartado entre paredes
Soñarás en blanco y negro:
Nubes negras, blancas redes.



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martes, 26 de mayo de 2009

Mardelplata (adelanto de la próxima novela (?) de Davor)



Obscenamente recostada sobre las marrones aguas de la Costa Atlántica reposa la ciudad de Mar del Plata. Allí donde convergen el frío, los turistas y la mediocridad, esta falsa urbe supura su indolencia desde hace ya más de un siglo.

Ha transitado un largo camino, Meca turística para la elite local, paraíso obrero Justicialista, reducto radical, rostro maquillado del rancio y siempre hipócrita imaginario nacional, pero siempre sin dejar de mirar dentro de su propio ano, cargado de deshechos y cuerpos extraños que la infectan desde su génesis misma.

Mar del Plata es, y al mismo tiempo no. Mar del Plata se encuentra conformada por un cuadrado, ínfimo, del tamaño de un centro urbano pequeño, trazado por el mar y las calles Jara, Constitución y Juan B. Justo. Dentro de este espacio convive una de las mayores aglomeraciones de inmovilidad y quietud del tipo que abunda en la República Argentina, cargada de falta de interés, de ceguera optativa siempre bien dispuesta, de aburrimiento turbio y somnolienta ignorancia. Ese cuadrante actúa como corral, como cerca, como campo de concentración y reja de seguridad de una de las mayores poblaciones de ese orgullo nacional, producto y, a la vez, forjadora (por ignominia) de la historia Argentina, a la que se ha denominado como “clase media”. Poco existe que no haya sido escrito acerca de esta extraña habitante de la fauna argentina. Cabe aclarar como su más rancia y desesperante característica, el miedo, el miedo a ser, el miedo a no ser más, y ante todas las cosas, el miedo a todo aquello que asoma su hocico desde fuera de Mar del Plata.

Si, en esta ciudad existe un “afuera”, y créanme, es amenazante, es aterrador, es la pesadilla de cualquier bienintencionado hijo del vecino. Hay un afuera, y es de ese afuera del que me gustaría hablar, en el cual se hará énfasis en este libro (aunque nunca demasiado, para no asustar y/o escandalizar a mis lectores, quienes bien espero hayan tenido ya la gentileza de desembolsar lo que sea que este manojo de papeles cueste). Hay un afuera atemorizante compuesto por gitanos, por negros, por villeros y por villas, por albañiles, por fileteros, por putas, por chorros, por mucamas, por peruanos, por linyeras, por paraguayos, por travestis, por pescadores, por bagayeros, por obreros de toda índole, por bolivianos, por señoras y señores de la noche, por chabolas y por casas de material, por ruido, por silencio, y por sobre todas las cosas, por todo ello que no es Mar del Plata, por todo aquello a lo que la ciudad del miedo decidió darle la espalda.

El Puerto, allende Juan B. Justo, es la zona que más réditos económicos y productivos da a la municipalidad, y aún así son de tierra muchas de las calles habitadas por los pescadores.

Como en buena ciudad costera tercermundista, la prostitución y la trata de blancas tienen su lugar en la “perla del atlántico”. Cientos de muchachas todos los años son encerradas en “privados” y obligadas a lucrar con su cuerpo manteniendo un nivel de productividad acorde a las palizas, amenazas y drogas suministradas para ello.

Al oeste florece la comunidad gitana, y, como era de esperar, Mar del Plata no se salva de los antiguos prejuicios que rondan a gran parte de las culturas occidentales, y sus habitantes ven en este pueblo milenario una amenaza latente, constante y sonante, y aunque es cierto que hace tiempo que progroms y linchamientos han dejado de estar de moda, no son solamente los taxistas los que despotrican contra los romaníes.

Mientras tanto la clase media rebosa de indignación (uno de sus alimentos preferidos).

Mar del Plata, el interior de aquella figura geométrica descripta con anterioridad, es entonces, un foco de miedo. Una gran concentración de miedo quieto, llama de extraña y casi ajena frialdad que es alimentada de forma diaria y cuantitativamente generosa por El Diario. El Diario es el único periódico editado en la ciudad, único en una ciudad de más de 700.000 habitantes y, además, espantosamente redactado, que no solo actúa como herramienta ideológica, como mero difusor del miedo que aglutina y forja en el resquemor de forma fiera a la clase media marplatense, sino que es, por si fuera poco, el arma fundamental de la que se vale un individuo que aglutina entre sus dedos cerrados en puño a media ciudad, y a través de la cual mantiene silenciada a la otra mitad. En una tierra en la que las distopías se encuentran a la órden del día, Mar del Plata tiene el privilegio de ser acreedora de su propio Gran Hermano. Amo y señor del La Feliz, este individuo se divierte coleccionando propiedades, medios de comunicación y voluntades, mientras pone y saca intendentes a piacere. Su billetera es engordada desde Marbella por Dios sabe que oscuros personajes del hampa ibérica.

Pero no es momento aún de hablar de este sujeto. No es tiempo siquiera de hablar del Diario, de intendentes cocainómanos o de comisarios asesinos. Todo llegará a su debido tiempo. Mientras tanto, es momento, eso si, de observar y tratar de comprender a todos aquellos sujetos que pululan por dentro y fuera de Mar del Plata, los portadores y las víctimas del estandarte marplatense, del único leit motiv y excusa de la ciudad para continuar y detener vidas: el miedo.



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miércoles, 23 de julio de 2008

Van tres niños

Van tres niños.

El primero va soplando canciones de amargura y pueblo. Con su armónica encabeza la intempestiva marcha de los Tres que agitan las sombras. Va saltando y soplando, quebrando el silencio de esa noche de Enero. Su armónica suelta notas de celebración pagana y sacra protesta. Sus pies lo llevan al frente, pero él no busca el orden de los que fuerzan.

El segundo marca el ritmo a paso de ganso. Es y se sabe duro. Con una mueca de tristeza serena, llena de una parsimonia que turba (como viejo en un velorio) avanza destrozando lo que cae en sus manos o pies. Pam! Cae la polilla. Pam!Pam! Caen una araña y su tela. Sigue buscando su pasado y sino lo tiene se lo inventa, y si lo inventa lo juega hasta el final (hasta el baño).

Último va el menor. Va soltando un llanto de carcajadas sin tetas y lágrimas de busto generoso. Sigue, solo y bobo, a sus hermanos, y trata de evitarlos, y quiere ser como ellos. Pero solo juega a ser ellos. Le espera un futuro de hipocresía y prostitución del alma, futuro del que solo Ella podrá arrancarlo.

Van los 3. Simulan la inocencia del que todavía entiende, y la virtud de los que no les interesa.

Nada es verdad a esta hora, excepto ellos y Ella.

Su madre no los acompaña pero los guía de la mano.
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domingo, 6 de julio de 2008

De familia

Un Rey sentado, limándose los colmillos, engullendo todo a su paso y obedeciendo a sus guerreros, que ante la menor duda, apilan balas entre capellanes. Barba larga. Años suaves. La mentira calando hondo entre los días que se escurren por los rincones del palacio. Un rey que, entre suspiros, forja una leyenda que no se ajusta a ninguna verdad, solo a lo que se dice entre la familia y todos desoyen.

Ruido y silencio (y ruido otra vez)
Pasos en la galería.
Aroma a pasto cortado.
Olor a sangre derramada.

Una reina recostada en su trono de huesos frescos, limpios de carne, acariciando a su bestia personal, acribillando con la mirada, exclamando improperios, acomodando su rojo vestido nuevo y soltándose de los comentarios conyugales. Una reina roja, violenta e imparable. Cuchillos cayendo en forma de lluvia sobre aquellos que la enfrentan, y es solo cuestión de tiempo para que se deshaga en su propia voluntad. Sin fortaleza para sostener el mito, ya nada será igual.

Un suspiro que aterra
Entre tanta distracción
Ojos en laberintos propios
Pensamientos, ocultismo,
Momentos enaltecidos

Una princesa que vaga en busca de una mentira. Será lastimada, humillada, maltratada, violada, penetrada por la fuerza, escupida, defecada, dañada, sodomizada, azotada, agotada y obligada a recibir más de lo que, probablemente, alguna vez quiso. Lo tendrá. Los tiempos cambian y ya nadie le besará la mano, mostrándole la salida del túnel. Ya nadie querrá seguir sus pasos ni beber de su veneno. Venganzas y cantos de sirena será lo que le quede, y un testamento su único placer.

Sin recuerdos
Sin alegrías
Sin esperanza
Sin dolor

Un príncipe durmiendo los días y olvidando todo. Noches en vilo, llantos ahogados.

Una salida.
Un príncipe.
Nunca más.

Dioses, camino y nada.
Deseo, sufrimiento y nada.
Hombres, muerte y nada.

Entonces arranco el velo del palacio y marcho hacia donde lo que quede sea suficiente para calmar la sed que ahoga nuestros corazones.

A lo lejos, un llanto.
A lo lejos, un asesinato.
A lo lejos, un grito.
A lo lejos, un príncipe.

Aquí y ahora, lo que quede de nuestras libertades.


ACA VA EL RESTO

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miércoles, 2 de julio de 2008

Tacuarembó FC (y las arvejas sin sal)

(Tacuarembó, Uruguay, octubre del 2005)

Un amigo que se pierde
Entre toros y estaciones
Una guía dictadora
Un quilombo entre padrones

Juveniles con un caño
Una moto que rumbea
Yo sin ganas y sin agua
Ni dos ojos que me vean

Un mate en cada banquito
Una bici en cada esquina
En la plaza, un fulbito
Un silbido a cada mina

Y el estadio sin pelotas
Y las arvejas sin sal
Indios, velas y letrinas
En la tierra del zorzal




ACA VA EL RESTO

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miércoles, 23 de abril de 2008

Los Amigos

Con ustedes, un cuento escrito por el joven promotor del porro, y próximo promotor de nuestro blog (que hoy sin duda experimento un marcado ascenso). Pasen a leer este cuento de Ari Brukman, y todos sus amigos (los de ariel, porque admitamos que nosotros no tenemos muchos mas) estaran visitando nuestro querido blog. Disfrutenlo.



Erase una vez, en algun pais lo suficientemente grande como para tener una region aislada y casi inaccesible. O erase tambien en un pais no tan grande, pero cerca de una region inhospita capaz de ser poblada corriendo riesgos que solo algunas cosas hacen que valga la pena correr.
Convengamos que la region aislada del pais grande, requiere correr los mismos riesgos que la region inhospita cerca del pais no tan grande. Y convengamos tambien que ambos riesgos son tan, pero tan grandes que solo cosas muy especiales hacen que valga la pena correrlos.

Una vez de acuerdo con esto podemos seguir. Resulta que en aquel gran pais con regiones aisladas e imposibles o en aquel no tan gran pais cercano a una region inhospita, existia una ciudad. Grande o pequeña. Linda o fea. Cerca o lejos, depende de donde.
En aquella ciudad se habia formado un grupo de amigos, por esas razones por las cuales se forman los grupos de amigos. Este era un grupo de muy buenos amigos. Habia muchachos y muchachas, en total eran como treinta jovenes unidos de una forma tal que no se conocia previamente en ese pais. De hecho, este grupo de amigos zarpados en amistad grosa, comenzo a observarse a si mismo y a darse cuenta de que, efectivamente, en todo el pais no habia una relacion como la que ellos tenian. No existia de eso no solo en todo el pais, sino entre los paises limitrofes. Luego de un año se comprobo cientificamente que no habia amistad como esa en todo el continente. Ni en todo el mundo.

Concientes del tesoro que atesoraban, se dedicaron a cultivarlo hasta alcanzar la mayoria de edad. Poco a poco todos fueron cumpliendo la edad en la que se los consideraba civilmente mayores. A medida que iban creciendo mas grande era su amistad. De hecho, esta crecio tanto que ya era mas fuerte que ellos, y determinaria la historia de vida de cada uno (entiendase como historia de vida, un desarrollo continuo de hechos y otras cosas que se suceden desde el nacimiento hasta la muerte de un ser humano).
Decia, tan fuerte era su amistad que decidieron que nunca se separarian, porque nunca podrian separarse. Asimismo, comenzaron a darse cuenta de que si seguian viviendo en esa ciudad en donde vivian corrian el riesgo de echar a perder esa inmensa e incalculable amistad que sentian entre ellos. Miraban con sospecha cada una de las instituciones sociales pensando que todas constituian una amenaza para su amistad. Incluidas las familias. Ademas, en esa ciudad, en ese pais, en el mundo; solo se hablaba de lo increible que era el lazo afectivo amistoso que habia entre estos treinta jovenes ya adultos.
Tal es asi, tan extremo era todo, que decidieron alejarse y fundar una nueva colonia solo para ellos. Donde pudieran desarrollar libremente todo lo potencialmente gigantisima que era su amistad.
Asi fue que emprendieron un viaje larguisimo y riesgoso, ya sea a la region aislada e inaccesible de aquel gran pais o a la region inhospita e inaccesible mas cercana a aquel no tan gran pais. Como sea, ambos viajes fueron largos y en varias ocasiones estuvo en riesgo la vida de uno, mas de uno o de incluso todos los jovenes.

Pero finalmente triunfo la amistad, la amistad mas grande del mundo, cada año mas grande. Era obvio que esta amistad triunfaria ante cualquier obstaculo. Tan obvio como el desenlace que se iba a dar. Ningun grupo de amigos escapa al efecto del tiempo, por mas amigos que sean.
Cuando concluyeron su viaje y finalmente se establecieron en aquel inhospito lugar, sea dentro del gran pais o fuera del no tan gran pais, el mas joven de los jovenes ya adultos tenia aproximadamente 23 años y el mas viejo unos 27. El tiempo pasa, paso y pasara.
Y como suele hacer el tiempo cuando pasa, deja huellas, marcas visibles. Visibles solo a traves del tiempo, el mismo que las deja. Curioso.
Y si... deja marcas en la tierra, en el cielo, en los hombres, en las mujeres, en las ciudades, en todas partes.

Con el paso del tiempo, el mundo entero poco a poco fue olvidandose de la "tierra de los amigos" como les gustaba decir. Poco a poco dejaron de estar tan pendientes de aquella increible e inedita amistad. Ademas, estos amigos vivian en una region aislada e imposible. Los riesgos que habia que correr para llegar hasta alli eran tales que solo cosas muy especiales hacian que correrlos valga la pena. Esta amistad que fue, era y seria tan especial para "los amigos" no lo era tanto para el resto del mundo. Ni siquiera para los tantos admiradores que tenia este grupo de amigos. Asi que nada... se fueron olvidando, cosa que no fue ni mejor ni peor para "los amigos", que seguian desarrollando infinitamente su amistad.
Y el tiempo siguio dejando huellas, el clima se hizo un poco mas caluroso en todo el mundo, se sucedieron guerras y paces, mundiales de futbol, juegos olimpicos, megarrecitales en beneficio de Africa, el hombre llego a la luna y dos planetas mas (creo que marte y venus), los niños seguian naciendo en casi todos los puntos del planeta, los hombres y las mujeres morian. Los animales seguian siendo animales.

Pero absolutamente ninguna de las pasadas que dio el tiempo alrededor de la "tierra de los amigos", pudo deshacer su amistad que, al contrario, era cada vez mas fuerte. Como si el paso del tiempo la hiciese resistente al mismo paso del tiempo. Curioso.
Sin embargo, llego el dia en que fallecio el primero de los amigos. Tenia 85 años, y era un viejo divino, rodeado de amigos. Ese dia quedo en la memoria de todos ellos. Igualmente, este hecho, no deterioro ni un apice, la gran amistad cultivada hace ya tantos años.
Al tiempo, murio el segundo. Y luego el tercero. Nada parecia afectar la amistad que habia entre todos. Como si despues de muertos fueran a seguir siendo incansables amigos.
Poco a poco murieron mas y mas hasta que solo quedo uno, el mas joven. En ese momento tenia 85 años. Ya no le quedaba nada, todos sus amigos habian muerto. Y era tal la amistad que habian tenido que la vida no tenia sentido sin esa gran amistad.
Se sentia solo y muy triste. Tuvo la vida mas feliz que hubiese deseado, rodeado de amigos hasta las ultimas consecuencias. De buenos amigos, amigos increibles. Tomo la decision de quitarse la vida. Penso; "mis amigos me estan esperando, y yo no aguanto sin ellos", y luego se tiro desde la cima de un cerro adyacente a la region aislada que habitaba ahora el solo. Pero que supo habitar el grupo de amigos mas increible e inigualable de la historia del mundo.

Asi fue que desaparecieron todos "los amigos", y con ellos la receta de su increible y hermosa amistad. Nunca jamas hubo entre ellos nada mas que amistad pura. Ninguno de ellos quiso poner nada por sobre esa preciosa relacion por lo cual no hubo entre ellos ni enamoramientos, ni celos, ni relaciones meramente sexuales, ni relaciones sexuales con amor, ni siquiera sexo entre amigos. Tampoco hubo de estas cosas con gente de afuera, porque vivian en una region aislada e imposible. No se casaron ni entre ellos ni con extraños, y tampoco tuvieron hijos, como puede advertirse.

Simplemente fueron los amigos mas amigos que pudo haber, hasta que por generacion espontanea surja otro grupo como ellos. Simplemente fueron, se extinguieron asi como el tiempo pasa. Y al no dejar descendencia, nunca nadie supo el secreto de esa amistad; que era lo que los mantenia tan unidos. Nunca se supo ni se sabra jamas si efectivamente hay algun secreto para eso.

Hasta ahora nadie volvio a habitar jamas aquella region aislada de ese gran pais, o aquella region inhospita cercana a ese pais no tan grande. Hasta ahora nadie volvio a ver o tener amigos como lo fueron ellos.
Y yo doy fe de esto, porque escribi la historia. Es mas, ni siquiera yo se el secreto de tal amistad.

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